TURISTA EN MI CIUDAD

TURISTA EN MI CIUDAD

Siempre me ha gustado caminar por la calle. Deambular sin rumbo,  fijarme en los detalles de la ciudad o soltar la imaginación hasta que desaparezcan los edificios y las aceras. Me convenzo a mí mismo de que conozco bien el Valle de Aburrá, por supuesto que no todo, pero sí los barrios más frecuentados. Cuando Andrés me invitó a su tour por el centro, supuse que no iba a haber nada nuevo para mí. Cuán equivocado estaba, fui un turista por Medellín.

A las ocho de la noche, pasadas, nos encontramos en el Salón Málaga. Me senté y la mesera llegó con tres cervezas y dos copas de ron en la bandeja. Sirvió las tres botellas y siguió con las copas. Desilusión, creí que mis compañeros iban por la caña, pero no me quedé con el antojo y me pedí mi ron. La música hacía difícil entendernos al hablar, pero así resultaba mejor porque nos podíamos concentrar en el ambiente del lugar; yo particularmente me fijé en las fotos a blanco y negro de comienzo del siglo pasado en las paredes. “¿Dónde es esa iglesia? Creí que era la del parque de Rionegro pero esa no está en una esquina,” le dije a Andrés. “Ese es el Parque Berrío,” me contestó, no Parque de Berrío, que así solo le dice la voz que lo anuncia en el metro.

Cuando Andrés me invitó a su tour por el centro, supuse que no iba a haber nada nuevo para mí. Cuán equivocado estaba, fui un turista por Medellín.

La música se detuvo y el hombre que cantaba dijo que ya se iba, a lo que el público que ocupaba casi la totalidad del local respondió con un largo y emocionado ‘nooo’. “Pero es que si no aplauden uno cree que los está aburriendo” y una bulla se tomó del lugar, obligándolo a seguir con sus canciones. Tangos, boleros, cumbias, porros, salsas y hasta vallenatos de cumpleaños, y baile de las parejas más diversas hacia donde se mirara. En un momento, uno de los clientes se apoderó del micrófono y compartió un tango que muchos de los contertulios se sabían, debo decir que salió ovacionado. Y la fiesta iba a seguir.

Salimos del Málaga hacia el nororiente, atravesando el Parque de Berrío, admirando la iglesia que vimos en las fotos, y comentando que en los primeros años, cuando Medellín era pueblo aun, esa era la plaza principal. Después de unas cuantas cuadras llegamos a La Casa Centro Cultural, cuya puerta no se ha cerrado ni una sola vez en los 17 años que lleva funcionando, puesto que abre todos los días 24 horas. Es una construcción de más de 90 años, diseñada por el arquitecto belga que la mayoría de la clase alta de la época contrataba para sus casas. El nombre ahora no lo recuerdo. Hace poco, el edificio fue declarado patrimonio arquitectónico de la ciudad, cosa que me pareció graciosa e irónica, teniendo en cuenta los anuncios luminosos de los locales comerciales que funcionan en el primer piso.

En el segundo piso, siguiendo unas escaleras anchas, proporcionales al tamaño de la mansión, funciona un café internet, un bar y un colectivo de artes escénicas.  El café internet tiene una peculiaridad, algo que nunca antes había visto: computadores en cubículos privados, ofrecidos explícitamente para consumir pornografía y masturbarse con tranquilidad. En cuanto al bar, hay programación cultural que rota cada mes. Ese día no hubo nada especial, pero nos invitaron al show de clown del día siguiente. La última atracción de La Casa es el pequeño balcón, desde el que originalmente se veía pasar carrozas y ahora simplemente buses y carros, y con suerte, el restaurante que queda cruzando la calle.

El tercer lugar que visitamos era el único que ya conocía, allá estuve viendo a Providencia, una banda de reggae, y Almost Blue, mezcla de rap y jazz, ambas de Medellín. Se trata de La Pascasia. También es una casa cultural: cuenta con galería de arte, sala de lectura con su respectivo club y un auditorio para shows musicales en el que permiten presentaciones de todo lo amplio que puede llegar a ser el espectro de los géneros. Además, tienen también bar y venden empanaditas, pastelitos de pollo y sánduches. Este café, bar, galería, auditorio, parche, me parece un excelente ejemplo del arte hablando de sí mismo. A lo que me refiero es que es un espacio en el que se reúnen músicos locales a consolidar sus proyectos, donde cuentan con un sello discográfico y una pequeña librería de literatura, con énfasis en editoriales colombianas independientes. Así, La Pascasia es el centro de operaciones. Entonces, nosotros dejamos atrás los libros en las estanterías, los instrumentos en las espaldas de sus intérpretes, las pinturas en la pared, y salimos a la calle en busca de la última parada.

Llegamos a Homero Manzi, bar nombrado en honor a un compositor argentino de tango, que queda en una esquina digna de La Boca o San Telmo. Sonaban los parlantes del local cuando nos sentamos, y en el momento en que nos sirvieron el primer ron, se detuvo la música. Unos segundos en silencio, que son interrumpidos por los lamentos de un bandoneón en la mesa contigua a la nuestra. Una mesa más completaba el público, que a pesar de ser poco era digno del espectáculo. Dos voces acompañaban la melodía, una de un tanguero con frac, de quien luego supe que canta los sábados en el Salón Málaga, y la otra del que parecía su amigo. Una canción tras otra y no nos queríamos ir. Aplausos en cada pausa, y más ron. Al salir a la calle, por fin, me di cuenta de que había sido un turista más en la ciudad de Medellín.

Escrito por Martín Lacoste @martaveno